La Mañana
Viernes Santo. Madrugada. Pensión San Torcuato. Afuera, ni un alma. Dentro, en la habitación número 6, dos hermanos de no más de diez años rebullen entre las sábanas en una duermevela cada vez más inquieta. Se acerca el momento.
El merlú acaba apostarse a la puerta del Mayerling. El eco sordo y lejano de los tambores está a punto de sacarnos de la cama definitivamente: ha salido y… no tardará en llegar.
Es noche cerrada pero, en la cocina, abuela Emiliana rebana el pan para las sopas. Cuando ganamos el mirador, ya está ocupado por los huéspedes de toda la vida, los que son como de casa y que, precisamente por eso, nos ceden amables la primera fila.
El silencio se hace más intenso. Más sobrecogedor, si cabe.
Durante años fuimos espectadores privilegiados. Semanasanteros por obra y gracia de un balcón bien situado. Ese nos permitía una impecable crónica del desfile al día siguiente aunque, en ese momento, mientras pasaba ante nuestros ojos aun no del todo abiertos, ocupáramos el tiempo contando los descalzos, comentando el divertido coqueteo en busca de una garrapiñada a pie de calle, o doloridos ante la visión del joven cofrade que combatía el frio a patadas contra el bordillo.
Años después, la casa desde la que veo clarear el Viernes Santo esta más arriba, en las Tres Cruces. El balcón es más alto y, si la crónica no resulta impecable, no es por falta de atención. Como a mis diez años, tengo el sitio reservado.
Aun así, prefiero bajar hasta San Juan para remontar San Torcuato de noche en silencio. Para adivinar entre las nuevas construcciones el desaparecido mirador del 44 en busca de una imagen que solo el recuerdo me devuelve.
Como entonces, ruego para que no llueva en la Plaza, a la vuelta. Para que nada empañe ese momento majestuoso.
También para que el jefe de paso se benévolo y nos deje meter el micro, “hurgar” bajo la mesa. Para que nuestro último esfuerzo, que también es el de ellos, nos deje ya anhelando la próxima Madrugada, la del año que viene.
Marichu García
" El Itinerario"