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La Madrugada de los Cargadores (2006)

La madrugada del Viernes Santo es la madrugada de los cargadores. Sobre sus hombros reposa la noche más larga del año, el amanecer más hermoso. Así ocurría un año más en los aledaños de la iglesia de San Juan, cuando a las cinco en punto de la mañana se ponía en pie el “Camino del Calvario”, que fue bailado mecido en los acordes de la marcha fúnebre de Thalberg, interpretada por la Banda de Zamora, abriendo “La Congregación” para subir hacia el Calvario de las Tres Cruces.

Una hora antes, a las cuatro, la Plaza de Santa María la Nueva acogía el bullicio de los hermanos de paso. Con los ojos recién desperezados y el pañuelo de seda al cuello, se congregaban en las puertas del Museo para incorporar a la procesión los distintos grupos escultóricos. Los pantalones negros; el calcetín y el calzado negro. La faja amparando los riñones. Los hombros dispuestos para la carga, cumpliendo una tradición de siglos. Porque cuando otras cofradías pusieron sus pasos a ruedas, La Congregación supo mantener su espíritu y nunca perdió la hermosa costumbre de bailar los pasos por las calles. Y por eso, porque son hermanos en la carga, en el esfuerzo que cuesta dar un paso cuando la madera se clava, fueron muchos los que aplaudieron en el interior del Museo a “La Elevación” cuando se alzó sobre sus cargadores, que se convirtieron en protagonistas de la mañana, al salir a hombros después de muchos años a ruedas.La ciudad se despertaba con el sonido del “Merlú”, la estridencia de la corneta, el aviso ronco del tambor destemplado. Media hora antes de la procesión, los pasos fueron colocados a lo largo de Ramos Carrión, donde conforman una preciosa estampa, con la noche por techo y el desorden de gentes, cofrades y cruces alrededor.

Allí, antes de la procesión, pudimos contemplar el dulce rostro del Jesús Caído, la pícara sonrisa del Niño de los Clavos. Y Redención era el milagro de la salvación erigido como una colosal escultura en la madrugada, sólo adornada con claveles rosas que irían al cementerio nada más terminar la procesión. Porque la hermandad continúa más allá del instante. Las Marías, con sus “cachorros” de pañuelo verde, iniciaban la senda de la elegancia, del baile sin estridencias que siempre caracterizó la Pasión en Zamora. Detrás, la estampa de Jesús Nazareno, caminando sobriamente entre claveles rojos y lirios morados, con pasito corto, navegando entre las negras túnicas de laval, mientras la Verónica acariciaba la madrugada con su pañuelo de puntillas y ternura, paseando sobre un lecho de rosa, y a Jesús le despojaban de sus vestiduras, ya listo para el abrazo cruel de la madera.

Un poco más allá, era Crucificado, y aún más allá alzaban con sogas la Cruz, mientras las cámaras captaban la primera salida del grupo “La Elevación” a hombros. Ya en vertical, la Agonía mostraba a los zamoranos el dolor de Dios en la Cruz y la dulzura de María Magdalena abrazada al madero, besando casi sus pies, mientras la Madre y el discípulo amado permanecían al pie de la Cruz. Poco a poco, mientras la noche daba paso a las primeras luces, subían los pasos hacia las Tres Cruces, entre dos filas interminables de cofrades

Desde San Juan, abría el cortejo el popular “Cinco de Copas”, cuyo baile fue presenciado por miles de espectadores en la iglesia y desde la calle mientras La Madre, María de la Soledad, veía pasar los pasos desde la puerta. Vestía el manto de terciopelo bordado en oro, el de Viernes, cerrando el desfilar de casi cinco mil nazarenos. A Ella le honrarían todos los cargadores en las Tres Cruces con la Reverencia, inclinando sus espaldas en señal de respeto y compañía. Y las calles recrearon la sinfonía de distintas marchas fúnebres, el eco del “Merlú”, el olor a pimentón dulce de las sopas de ajo, la textura del azúcar quemada de las garrapiñadas, la especial emoción del baile de los pasos en la Plaza Mayor, que hacen tan singular esta cofradía, la que el pueblo siempre llamó La Congregación.

Y un año más se vivió el “pique” entre los pasos, la intensidad del último baile en el Museo, la estampa de los que se abrazaban empapados en sudor después de finalizar la “carrera”, las cruces apuntalando los cielos para despedir a la Virgen en San Juan.El día se había echado encima, el sol presagiaba aguaceros. Y las puertas del Museo se cerraron, dejando tras de si la estela de la madrugada más mágica. La mañana de los cargadores, la huella de los siglos de La Congregación.

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